He violado una ley federal: he mangado dos libros de la Prisión de Máxima Seguridad de Alcatraz, en el Estado de California.
| Fotografía © David Rodríguez |
Ha sido sin querer, lo juro por Al Capone. Yo estaba hojeando la guía de comportamiento de la cárcel y ojeando los precios de todos los demás libros. Y partiéndome con los objetos kitsch por los que se pirran los gringos. Delantales con código de barras presidiario, imanes con normas carcelarias, tazas con imágenes de presos famosos, camisetas con los créditos de “El hombre de los pájaros”. Y he parado la vista sobre un montón de catálogos, desde pocos céntimos de dólar, queriendo elegir uno que fuera suficientemente representativo para comprar un recuerdo.
